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Sentencia | Adrián Hernán
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La sociedad ha abandonado toda su espiritualidad, inconsciente del pavor que pende sobre nuestras cabezas. Los siglos, como lo llaman ahora, no pasan, ocurren. El paso de cada uno de ellos es un parpadeo en mi inmensidad existencial. Pequeñas motas cíclicas: guerras, muerte, avances tecnológicos, creación de necesidades y vuelta a empezar. Cambian nomenclaturas, como si con ello borrasen su pasado. Año cien después de Jerjes. Año tres mil después de Cristo. Ahora ni siquiera cuentan. Quizás regresivamente, esperando un final que ya llega.

La ignorancia, bendito regalo con el que los dioses paganos han regado el planeta. Colisionan entre ellos. Discuten. Mis hijos, mis nietos.

Pasé del reconocimiento más absoluto a un olvido eterno. Las mentes de mi prole evolucionan, pese a todo. Un mundo que ya no cree. Ahora crea. Desperté de mi letargo al amparo de los cielos, me transmiten unas indicaciones que reservan para otras mentes, incapaces de sentir el más allá.

Uruk ha sido el último nombre que he decidido utilizar. Historiadores incapaces sobrevuelan alrededor de mi nombre, fueron los Acadios quienes obraron el milagro, quienes siguieron mis órdenes previo pago de ciudades y manjares que nunca creyeron posibles. Sumerios nos nombraron, bautizados por nuestros propios nietos. Y entonces se obró el milagro, Uruk pasó de ente a objeto. Modernos saqueadores al amparo monetario de ricos soñadores escarban aún hoy entre mis calles, esperando encontrar secretos por desvelar. Tarea irrealizable, pues Uruk soy. Mis secretos son los secretos de la humanidad, mis temores son los miedos de un planeta. Soy saber y tradición, inmortalidad y destrucción. Mantengo el conocimiento presente y futuro, que emana de mis orificios sanguinolentos para servir de apoyo a la civilización. Si alguna vez ofrezco más de lo que necesitan, las pequeñas mentes humanas se derramarán por sus oídos, coaguladas. Pues no se me permite adelantar lo que acabará ocurriendo. Soy el avance. Ser El Preparador es mi misión. Y fallaré.

Nací tal y como soy ahora. Mi momento fue el inicio de la prosperidad bípeda, condenada al fracaso de antemano por curiosos y traviesos Creadores. Ellos dictaron mi sentencia. Me trasladaron desde mi cuna, traspasé realidades, nadas y todos para llegar aquí. Una apuesta minúscula entre dos tejedores de vida.

Apenas queda tiempo. Una medida, al fin y al cabo. Ya hablo como ellos. He intentado convencer desde las sombras que este insignificante orbe merece existir. He participado en la primera sociedad, he amado y procreado; he matado innumerables veces, he transmutado por mi adicción a la lujuria. He oprimido, erigido nuevas creencias totémicas, semidioses y leyendas. Sólo los reyes capaces, adelantados a su tiempo, han recibido mis enseñanzas. Y ahora me encuentro ante una sociedad que ha dejado de lado el principal motivo por el que ha seguido existiendo. El miedo a la muerte. Han caído en el peor de los pecados. Creen ser entidades perfectas cuando no son más que marionetas, un juguete con el que convencer a mis padres de que este mundo no merece ser Tratado.

Y apenas quedan dos sorbos. Vendrán y decidirán sobre la marcha. Los innumerables avances técnicos, la exploración de orbes vecinos y las guerras no serán más que aspectos insignificantes para ellos. El tiempo se acaba, y por primera vez en mi inmutable existencia, he sentido pena. Una pena egocéntrica basada en los placeres de la vida, la exquisitez de adentrarse en el interior de cada cuerpo humano, recorrer sus vísceras, insuflar sus pulmones, provocar el placer con la mirada, matar con tan sólo pensarlo.

Al fin los veo. Apareciéndose. He sentido su presencia constantemente, atenazando mis acciones. Van a dictar sentencia y yo, sentado sobre el pico más alto, los saludo y me arrodillo. Ríen de mi nueva condición cárnica, tan terrenal, tan básica. Se preparan, observan con atención todos los recodos de cada lugar del mundo, de cada nervio humano, en apenas un suspiro. Me hablan en sueños y se enojan. He escogido, desde antes de su determinante decisión. Me quedo. Sea cual sea mi destino. No entienden mi postura. Yo, un todo perfecto, desechando mi origen arcano para seguir conviviendo entre civilizaciones degustando el paso de los eones.

Finalmente me abandonan. Dicen que volverán. Tengo otra oportunidad. Pero ahora de nada vale permanecer agazapado. La Tierra me pertenece, mi pequeño reducto de placer.

Y, a partir de ahora, me escucharán.

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