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El tratamiento de “ese” | Adrián Hernán
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El tratamiento de “ese”


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Cuando los popes de las revistas de videojuegos aseguraron que ese se iba a convertir en el título más grande de la Historia nadie les dio mucha importancia. Eran innumerables las veces que exacerbados postmillenials indicaban que las bondades de un videojuego iban a dejar en evidencia cuatro décadas de desarrollo tecnológico.

En esa ocasión fue totalmente cierto.

Por primera vez desde que Ralph Baer y la Magnavox Odyssey iniciaron una industria monocroma un videojuego tenía la verdadera oportunidad de cambiar la realidad de manera palpable.

Bueno, exactamente la rasgó, la hizo un nudo, se la tragó y, más tarde, defecó sus restos.

No hizo falta que las páginas web especializadas fueran compradas por los maléficos billetes verdes de las grandes editoras, ni obligados a puntuar sus juegos con sobresalientes; como si un código numérico pudiese cambiar la percepción del usuario medio. Esa vez la percepción cambió. El juego cumplió las expectativas, sobrepasándolas hasta límites que, todavía hoy, no acabo de comprender.

Loading, que así se llamaba la desarrolladora, había creado un videojuego que, aseguraban, funcionaría en todas las plataformas del planeta. Decían que desde una consola de última generación a una Game Boy pretérita; desde una nevera inteligente a un Nokia 3310.

Irreal.

Ese no se vendía. Ni se pagaba por él. Era gratis y a la vez el bien intangible más deseado del planeta. El dios de la mercadotecnia hizo el resto y todo el planeta lo quería. Lo deseaba. Mataría por él. Una realidad de realidades que iba a ser como nosotros quisiéramos. Diferente para cada mente. ¿Quieres un mundo repleto de waifus? Lo tienes. ¿Quizás un mundo de fantasía medieval sexualizado? Lo tienes.

Un día y una hora concreta. Lanzamiento mundial. Broadcasters, youtubers y demás palabrería anglosajona preparada ante lo que iba a ser el estreno del milenio. Días libres en todas las empresas del mundo, en cada quiosco y clínica veterinaria. Pantallas gigantes para retransmitir en directo ante un público que tendía a cero. Nadie quería verlo a través de una pantalla. Querían vivirlo. Iban a recibir “el tratamiento de ese”. Así es como lo llamaban.

Entonces, lo recibieron. Apenas unas descargas nacidas de una máquina portátil que expandiría su señal gracias a la electricidad de los repetidores, de nuestros smartphones y hasta de los semáforos y máquinas de tabaco. La energía hidráulica también valía. Hasta frotar las manos con un globo y acercárselas al cabello. Cualquier frotación capaz de generar energía era útil. Y entonces se nos metió dentro.

Y nadie rechistó.

¿Hola? Se repitió en todo el globo terráqueo y en la estación espacial internacional.

Las realidades de cada individuo se sumaron en un mismo espacio. El Far West, el año seis mil, la Gran Depresión y las naves espaciales. Todas las civilizaciones unidas en un mismo espacio. Regurgitadas, mezcladas, el espectro visible desde la creación del universo unido en un único byte.

Entes virtuales que se vieron a sí mismos en un espejo de ceros y unos.

7.612.354.390 “¿qué demonios?” al unísono.

Y apenas una quincuagésima parte de un segundo después ya no hubo preguntas fragmentadas. Es lo que tardó en cargar el programa.

¿Dónde estoy? Grita una mente colmena, una algarabía de neuronas tecnológicas unidas en una ficha de apenas un nanómetro justo antes de ser lanzada al espacio.

Miles de toneladas de masa encefálica unida en la nube. La Humanidad ha llegado al fin último. Perdurar en el tiempo y en el espacio. Un océano incognoscible de perpetuidad etérea.

 

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