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El San Francisco | Adrián Hernán
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El San Francisco


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Gente buscando gente. El pedregoso asfalto soporta inmutable los pasos ausentes de aquellos ejércitos desorganizados que son los ciudadanos. El San Francisco alberga la inmundicia que nunca ha tolerado ser estudiada con hastío en el exterior. Vagabundos, putas y pequeñas bandas de infantes que atracan a los turistas, robándoles los dientes con unas tenazas. La evolución de los tiempos de nada ha servido. La tecnología procedural, la inteligencia artificial y el paso de las guerras poco ha cambiado el gen egoísta del sapiens sapiens evolutio.

Las campanas de la catedral gótica tañen, recuerdan la noche cerrada que se avecina. La hora de las brujas, donde los espíritus sobrevuelan las cabezas de los transeúntes en busca de cuerpos válidos y apetecibles que poder asaltar, donde los súbditos del Diablo, pequeños y amorfos esqueletos vestidos con carnes putrefactas de asesinos y huérfanos agarran con sus uñas pequeñas ratas de alcantarilla para calzarse con su piel mullida un par de zapatos.

Ángel entra en el decadente local. Una vieja sin dientes lo recibe con honores contradictorios. Su cara refleja a partes iguales pasión virginal y una repugnancia vital que cubre todos los sucesos de su vida. De su pezón cuelga un rosario sangrante, su boca escupe sucias flemas, la lengua casi centenaria le cuelga a un lado del mentón. Un par de grapas obran el milagro. Con un manotazo la aparta. “No eres mi tipo”, piensa Ángel. La vieja, absorta de la realidad, recibe el golpe con un placer extremo, su mano se dirige bajo su vientre. No aguanta la excitación.

Se marcha a la barra. Pide agua. Recibe cloro. No toca el vaso. Su mirada se detiene ante un grasiento camionero que succiona la oreja de un querubín asustado. Ese joven se siente indefenso.

Él sí.

Su portentosa figura aparece al lado del hombre. Le acaricia la espalda, con cuidado de no desencajarle la columna vertebral. Lo agasaja con dulzura. Lo lleva fuera. Llueve polvo. Y entonces enseña sus dientes, que reflejan el pavoroso rostro de la muerte. El sucio camionero no puede más que aceptar su violento destino. Ángel lo percibe, su garganta se llena del fluido de la vida que va absorbiendo del rollizo cuello.

Un día más de existencia, y han pasado ya mil años.

El antaño pesado saco de mugre y grasa se precipita de izquierda a derecha cortando el aire, como una hoja de laurel, hacia el suelo. Su vitalidad le ha abandonado.

A partir de ese momento, el espíritu del desgraciado formará filas con el Maligno, para lo que le espera en el averno bien le vendrían un par de zapatos de rata.

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