Marea Muerta

Anna vivirá la aventura más grande y terrorífica de su vida tras embarcarse en el Iberic III, un lujoso crucero vacacional. Allí contemplará desde su camarote el fin del mundo tal y como todos lo conocemos. Entre gritos y desesperación conocerá a Martina, una enigmática y bella eslava que le ayudará a sobrevivir en un Apocalipsis de sangre, mugre y vísceras, donde los muertos viven y vivos mueren.

Las dos mujeres deberán escapar con más pasajeros de ese peligroso trasatlántico, convertido en toda una cárcel para los humanos y donde la muerte acecha en cada rincón. Más allá de babor, un mar infinito. Más allá de estribor, una sociedad, la humana, que explota en pedazos por fuerzas invisibles de las que apenas nada se sabe.

Capítulo 0: Sasha

Unos labios carnosos y rosados se entreabrieron con desgana, poco a poco, mientras un invisible hilillo de saliva se resistía a separarse de ellos.

Sasha estaba fumándose un estropeado cigarrillo que apareció en el rasgado bolsillo trasero de sus pantalones. A diferencia de ella y de su costumbre, no era rubio, por lo que dedujo que no era suyo y que probablemente se lo hubiera pedido a algún cliente durante la noche anterior. Por pedir. Le gustaba. Sasha era lo que se podría llamar una mujer atractiva, pese a que los rasgos de su cara eran muy pronunciados. Prominentes pómulos, profundos ojos y una gran boca dominaban su rostro y hacían pasar inadvertida la cicatriz en forma de “J” que tenía en la mejilla derecha. No intentaba ocultarla con maquillaje, prefería sentirla con sus manos. Era un recuerdo de la primera discusión que había tenido con su jefe, precisamente el primer día de trabajo. El resto de su persona era el perfecto prototipo de mujer del Este de Europa, unas piernas largas y delgadas. Su cintura era fina y sus pechos firmes, tanto que pese a lo abultado de su chaqueta se podían percibir con sólo mirar. No trabajaba mucho durante aquella época pero le daba para vivir holgadamente puesto que vivía con sus padres. Todo lo que ganaba se lo administraba ella. Ropa y perfumes tan fuertes que fuesen capaces de cubrir cualquier otro olor eran sus compras favoritas.

Se observaba las manos, unas manos demasiado viejas para una muchacha de diecinueve años, le faltaban dos uñas postizas. Y tenía los dedos agrietados como calles secundarias mal pavimentadas. Fijándose, observó una pequeña gota de sangre coagulada junto a un trocito ennegrecido de piel bajo la uña del dedo meñique.

—Menuda mierda… —Murmuró Sasha recordando un encontronazo con un dependiente que la sorprendió robando una botella de vodka barato.

Eran poco más de las seis y media de la mañana, Sasha sentía un frío terrible en las extremidades, pensó que se había resfriado la noche anterior y que nunca más debería ejercer su trabajo en el suelo de un bar de mala muerte. Divisó una pequeña taberna a unos doscientos metros y decidió tomarse un café bien caliente antes de que se le entumecieran las manos del todo.

Al entrar en la cafetería pidió en la barra y como si tuviera ojos en la nuca sintió que la mayoría de hombres del lugar miraban minuciosamente su trasero. Lo contoneó un par de segundos de forma grácil.

—No os cortéis —dijo sin ni siquiera girar la cabeza—. Quien tenga unos buenos billetes podrá hacer más que mirar mi culo. Escuchó murmullos cercanos, provenientes de una mesa donde se sentaba una pareja de ancianos, parecían desaprobar su descaro. El resto de la pequeña cafetería se sumió en una envolvente quietud. Al cabo de unos interminables segundos se volvieron a oír los sonidos de cubiertos, vasos y balbuceos clásicos de todo bar por la mañana.

Acto seguido se acercó tras la barra un hombre barbudo, bastante grande y gordo, que goteaba sudor por todos sus poros. Las manchas de su delantal amarillento emitían los destellos reflejados de las luces del techo.

—Aquí tienes el café —dijo el cerdo con delantal.

—Genial —comentó irónicamente Sasha, mordisqueando su dedo meñique y saboreando la sangre y el trozo de carne podrida alojados bajo su pezuña.

Sasha observaba por la ventana el sórdido paisaje mientras sorbía de forma animal y ruidosa su café. Se dispuso a pagar cuando un pequeño sonido apenas audible llamó su atención. Miró a su alrededor y se percató de que ningún cliente del bar había sentido tal ruido, parecido al del siseo producido por una espada tras cortar el aire. Sasha tuvo que aislarse totalmente del ensordecedor ambiente y de la civilización para sentir ese pequeño silbido.

—¡Eh! —Una voz la alertó. ¿Quieres tomar algo?

Con impostada cara de indiferencia, Sasha se dirigió al lugar del que emanaba esa inoportuna voz.

—Hola —dijo un chico bastante apuesto—. Soy Andrei.

—Madre mía… —comentó Sasha intentando disimular la grata primera impresión que le había causado el chico—. Aquí estáis preparados a cualquier hora ¿no? —susurró.

Andrei era robusto, no más alto que ella pero con una espalda capaz de soportar cien kilos. Sus ojos vidriosos delataban que durante la noche anterior había bebido más de la cuenta, aunque la sobriedad y rectitud de sus movimientos daban por hecho que su estado de embriaguez ya había pasado.

—¿Quieres tomar algo? —Repitió con el mismo tono pausado. ¿Un café, un batido, un vodka?

—¡Hey! Tranquilo. No… No —dijo Sasha señalando la taza que estaba entre sus manos sobre la mesa—. Ya estoy servida. Al segundo, el chico dio media vuelta y se marchó. Sasha se quedó perpleja.

Esto está lleno de gilipollas.

Siguió observándolo hasta que paró delante de una mesa vacía. Mirándola a modo de súplica y arrastrando sonoramente una silla con el brazo le indicó que se sentara con él. Vaciló durante unos segundos. Era el momento exacto de decidir si se tomaba el día de descanso o finalmente trabajaba. Mientras cavilaba su decisión, de nuevo volvió a escuchar intrigada  aquella estridencia proveniente del exterior que apenas podía escuchar. Volvió a concentrarse, intentando soslayar todo ruido ambiental. Esta vez lo pudo percibir con más claridad. Especuló sobre cuántas de las personas que estaban tomándose el desayuno en la cafetería lo podrían oír ¿o debía decir percibir?

Volvió a observar a su alrededor, una pareja de ancianas charlando animadamente en la mesa contigua, felices y dicharacheras a pesar del fuerte temporal que azotaba la comarca desde hacía unos días. También advirtió la entrada de varios chiquillos, adolescentes con granos en la cara y las manos callosas, producto de sus numerosas masturbaciones. Sin duda eran menores de edad, “muy importantes dentro de unos años”, pensó divertida. Se sentaron en la parte más alejada del local, cerca de los baños. Le supo muy mal que aquellos chicos entraran tan tarde a la cantina, de otra forma se podrían haber sumado gustosamente al resto de las miradas que había recibido su trasero perfecto hacía un instante. Todos seguían hablando, riéndose y tomándose sus cafés sin percibir el infernal sonido que taladraba el cerebro de Sasha. Miró también a Andrei, que seguía contemplándola de forma impaciente, esperando a que se sentara.

—Éste seguro que quiere sentir otras cosas —se dijo a sí misma de forma casi inaudible mientras se dirigía finalmente hacia la mesa con su nuevo y oficioso primer cliente del día.

—He pedido una botella de vodka —dijo Andrei burlonamente—. Vodka del bueno, y del caro.

—¿Una botella para los dos?

—No, la botella es sólo para mí. —Acto seguido el chico estallaba en carcajadas y en forzados aspavientos, golpeando toscamente la mesa con las palmas de las manos.

Con resignación, Sasha pensó que lo mejor era acabar cuanto antes con ese cliente e irse a casa a dormir. Sus padres creían, o ella pensaba que creían, que trabajaba en una fábrica de envases cercana. Realmente, no sabía cómo les pudo contar una mentira tan endeble, si indagaran seriamente ella tendría que acabar dando explicaciones. Farsa o no, el turno de noche acababa a las seis, por lo tanto debía darse prisa. Si conseguía que aquel muchacho le durara menos de quince minutos se sentiría satisfecha, dinero fácil e imprevisto antes de irse a dormir. Sonaba bien. Mientras tanto, aquel orangután ya estaba preparándose para beber.

—Has perdido todo el encanto… —Dijo mirando fijamente a los ojos del forzudo Andrei mientras se acomodaba en una silla frente a él.

—Bueno, venga. Lo compartiré. Será para los dos ¿vale? Andrei sonreía intentando descubrir si lo que había dicho antes Sasha era una broma. Esperaba que así fuera.

—Ya, muy gracioso. Pues ¿sabes qué? No voy a decirte que no.

Mientras se llenaban el primer vaso, el chico acercó su mano por debajo de la mesa hacía el muslo de Sasha, que no se negó ante el sinuoso movimiento de Andrei. Parecía como si estuviera buscando algo en el suelo, pero en realidad pretendía acariciar disimuladamente su muslo, y si tenía ocasión, intentaría ir más allá pese a la incómoda disposición de las patas de la mesa. Sasha lo miraba condescendiente al tiempo que pensaba que deberían irse ya al baño, o fuera del bar para acabar de una vez por todas.

De nuevo oyó aquel sonido que empezaba a atormentarla, ¿Qué demonios era eso? En esta ocasión se concentró de tal forma que frunció el ceño totalmente, formando decenas de diminutas arrugas en su frente y se separó totalmente del mundo, de toda la galaxia. Esta vez se encontraba ella sola ante el cielo nublado, yendo más allá. Habían dejado de existir todas las pocas cosas que le importaban en la tierra, necesitaba concentrarse aún más, aquel ruido no dejaba de provocarla. Ya no sabía si lo que sentía era producto de su imaginación, estaba confusa.

—Puede que algún sonido fuerte haga que me piten los oídos. —Se dijo a la vez que desechaba ese ridículo pensamiento al instante— ¿Soy la única persona que sentía aquel monótono eco?

¿Alguien me llama?

Un cosquilleo la despertó de su trance, no podía discernir si había pasado un minuto o un segundo. Tampoco habría dudado lo más mínimo si el tiempo transcurrido fuera superior a un día entero o una semana. Esa sensación le recordó a las pocas veces en que tras despertarse por la mañana tenía la impresión de que tan sólo hubiera dormido un par de minutos. El cosquilleo siguió y cuando finalmente abrió los ojos pudo ver a Andrei, excitado y sonriendo. Esta vez no estaba sentado frente a ella sino a su lado y tenía su mano izquierda metida entre sus muslos, en su interior. Pese a que la sensación gustosa que le producía no le desagradaba, dio un brinco y apartó su silla utilizando la fuerza de su cintura.

El chico, sorprendido, apartó su mano. Algunas personas de la cantina, que hasta entonces no habían advertido nada inusual, dirigieron sus miradas con pereza hacia la pareja y tras unos interminables momentos escrutando a aquellos dos jóvenes que se tocaban en público volvieron a girar la cabeza.

Sasha estaba algo sorprendida y asustada, no por el acto de Andrei, sino por su propia reacción tras haber estado, como nunca lo había estado, alejada del mundo. Aquel sonido no permitía que pensara con naturalidad, seguía introduciéndose en el interior de su mente, como un gusano en una manzana.

—¿Pero tú no…? —Andrei murmuró débilmente hacia Sasha dejando la frase en el aire.

—Sí lo soy ¡joder! Vamos fuera y acabemos con esto. —Dijo enfadada. Tras oír su reacción, impropia de una “relaciones públicas” como ella, decidió utilizar una actitud políticamente correcta—. Donde y como tú quieras, cariño —repuso esta vez con un tono de voz más agradable y también más acorde para satisfacer a la clientela.

Sasha miró con incredulidad la botella de vodka que sujetaba con la mano, ¡el cabrón la había dejado casi a la mitad! Al momento, y sorprendiéndola, Andrei se levantó y puso su mano libre dentro del bolsillo trasero del pantalón de la joven. Mientras, ella también se levantó ayudada por su cliente. Su mirada reflejaba hacia el resto de comensales de la taberna una clara indicación de “¡eh! Aquí está mi trofeo”. Finalmente, los dos salieron del bar mientras la joven intentaba recordar si había pagado el café.

Un hálito de aire helado les dio la bienvenida al salir al exterior y mientras Sasha se encendía otro cigarrillo, alojado esta vez en el bolsillo de su chaqueta, Andrei señaló con un gruñido más propio de un primate un viejo Mercedes aparcado a unos cien metros de la cantina. El coche estaba tapado casi en su totalidad por unos cuántos árboles nevados, los grandes troncos de éstos impedían su visibilidad. Caminaban hacia su destino y el chico empezó a manosear con su mano libre, agresivamente y formando círculos, los pechos de la muchacha.

—Una estampa perfecta, ¿verdad? —Dijo Sasha sonriente intentando enmendar aún su contestación anterior—. Parecemos fichas del Tetris.

Andrei la miró con cara de extrañeza mientras seguía tocándola y volvió a surgir de su boca un sonido gutural más propio de un neandertal.

—¿Qué? —dijo juntando tanto las cejas que parecían una sola.

—Nada, joder, que estamos entrelazados como las fichas del Tetris —comentó sin disimular el asco que le producía Andrei, mayor a cada minuto que pasaba. Como si le hablara a un colegial, se irguió y con una sonrisa cansada prosiguió—. Yo fumando y con la mano en la chaqueta y tú en mi pantalón… Y en mis tetas… —Por fin se dio por vencida, convencida de que su cliente no había entendido nada— da igual, déjalo.

Entremos al coche, tengo frío.

Con un rápido vistazo al destartalado Mercedes pudo observar a otro chico durmiendo en los asientos traseros. Supuso que debía ser el compañero de juergas de Andrei. La mancha de sangre reseca que sobresalía de la comisura de sus labios daba a entender que la noche anterior había sido bastante ajetreada.

—No me has dicho tu nombre —dijo Andrei, dejando libre el pecho de la muchacha para buscar las llaves.

—Julia, me llamo Julia —mintió—. Y voy a cobrar el doble si sumas a ese dormilón de ahí.

Andrei ya se estaba bajando los pantalones forzosamente y Dormilón, ya despierto, se preparaba para iniciar su turno desabrochándose su cinturón plagado de pequeñas calaveras sonrientes. Sasha miró desde fuera el reloj analógico del coche. Marcaba las siete y diecisiete. Dormilón reparó en su mirada al reloj.

—Serán un par de minutos menos, por si te interesa. Creo que va adelantado —dijo.

—Atrasado, estúpido —respondió Andrei por sílabas mientras lamía los pezones de Sasha.

Ella no contestó, le tenía sin cuidado. Ya llegaba tarde a casa y por lo tanto debía inventarse alguna excusa.

¿Que por qué llego tarde? Porque me he follado a un par de chicos por un buen dinero, mamá.

La joven sonrió para sí. Pensaba que tal vez nunca tendría el valor de decir a sus padres nada así, aunque supo al instante que más tarde o más temprano acabaría por contarles el origen de toda la ropa, los perfumes y los complementos de su habitación. Se preparaba para el envite, con la presencia, sobre ella, de un sobreexcitado Andrei. Volvió a notar esa molesta sensación en sus oídos. Durante los primeros segundos aquel ruido era el mismo de las veces anteriores, pero cada vez más, en una escala exponencial, el sonido se iba aclarando. Primero un siseo, un zumbido casi inapreciable, luego empezó a asemejarse a un traqueteo de rocas, tuvo la sensación de que estuvieran chocando entre ellas. Sin saber el porqué, se vio envuelta en un remanso de paz. Esta vez, más que nunca, estaba apartada del mundo. Le impresionó no darse cuenta de la participación activa de Dormilón junto a Andrei, tocándola sin cesar, pero no le importó. No notaba su cuerpo mientras los dos chicos la penetraban con fuerza, no tenía frío. Era como si hubiera perdido parte de su sensibilidad material. Su cabeza se alzó hacia el cielo y tras unos segundos de paz abrió los ojos. Se sorprendió observando con el rabillo del ojo a los dos chicos, que miraban también hacia arriba en la misma dirección que ella. No habían acabado aún, pero dieron por finalizado su ejercicio, sin dudarlo. Tras contemplarlos los odió de forma instintiva. No le gustó que esos dos imbéciles sintieran también el sonido celestial que la embriagaba, debía de ser sólo para ella.

—Oigo algo… —Dijo Andrei mirando al cielo, que se aclaraba de forma irreal.

—¡Cállate! —Le respondió la joven prostituta mientras seguía observando las nubes—. Y déjame escuchar…

De repente los grandes ojos verdes de Sasha vieron algo inusual allá arriba. Se alegró, ahora no sólo lo oía, también podía verlo. El firmamento estaba cambiando de tonalidad, el azul grisáceo estaba dando paso a un color más claro. Cada vez más azul. Celeste… Amarillo.

No entendía aquel cambio repentino en el cielo, ¿era el Sol que se abría paso ante las nubes? Pese a todo, a Sasha le impresionó aquella muestra de belleza natural. El sonido fue cambiando, esta vez el exasperante ruido cosquilleaba en el interior de su cabeza. Sasha vio que tanto Andrei como Dormilón estaban como estatuas, apretándose las orejas con las palmas de las manos, intentando separar aquel sonido ya ensordecedor de sus cerebros. Era cómico en cierta manera, la imagen de dos hombres jóvenes atléticos y sanos tapándose los oídos, primero con cara de extrañeza y más tarde con una mueca de terror. El rugido empezaba a ser tan potente que no se podía escuchar ni el ruido del tráfico de vehículos ni el del viento, tampoco el retumbo que producía la gente que en la lejanía empezaba a salir del bar y de los balcones de algunas casas con la única intención de descifrar el origen de aquel estruendo.

A Sasha le empezó a doler la cabeza de un modo que no recordaba, tras sus ojos un latido incesante apedreaba su cerebro. En el momento justo en que pudo ver el cielo partirse en dos oyó por fin el verdadero terror que llevaba ya rato intuyendo su cabeza, en su subconsciente. Las alarmas de los coches decidieron empezar al unísono su interminable canto. Eran rocas en llamas, chocando entre ellas y produciendo con la fricción un sonido atronador sólo comparable a cuando toneladas de TNT derriban los grandes edificios y casinos de Las Vegas. Más de cincuenta personas permanecían detenidas en las afueras de la cantina. Los vehículos frenaron y sus ocupantes bajaron, sin miedo a ser atropellados en medio de la carretera. Los animales del bosque helado huían y grandes bandadas de pájaros iniciaron su vuelo en las alturas.

Por fin apareció el fuego. A una altura kilométrica. Aquel lejano ardor era cada vez más insoportable. La grieta del cielo aumentó su tamaño dando paso a una enorme bola ígnea que se acercaba hacia la zona. Un aire espantoso hizo tambalear todos los árboles cercanos y a todas las personas presentes, incluida ella, quien apoyando la espalda contra el viejo Mercedes sintió un calor que no había sentido nunca en su vida. La piel le empezó a quemar, notó como su vello corporal se retorcía. Gritó con todas sus fuerzas, pero su voz se ahogó ante el ensordecedor sonido de lo que se aproximaba hacia ese paisaje nevado.

Lo vieron. Una gigantesca explosión la dejó temporalmente ciega, una cortina amarillenta se interpuso entre ella y el resto del mundo. No parpadeó, se negó rotundamente. No quería hacerlo. Un mísero instante después se pudo escuchar por fin el grito que aquella bola de fuego llevaba rato queriendo expresar, mucho más potente que todos los anteriores. Esa llamada venía de otro mundo. Rocas inmundas chocando entre ellas. Los oídos de los que miraban al cielo estallaron dejando pequeños trocitos de cartílago en su interior. A Sasha le punzaba la cabeza. Le ardía la poca ropa que tenía puesta en ese momento y su cerebro le dio la orden de desnudarse. Antes de que sus brazos recibieran el aviso de quitarse su chaqueta desabrochada, una invisible ola de calor le quemó la ropa. Su piel quedó ennegrecida y resquebrajada, con trozos de tela pegados a la multitud de erupciones sanguinolentas que habían aparecido de la nada en su carne. Su cabello desapareció. Sus párpados y sus ojos, al igual que otros fluidos de su cuerpo, se corrompieron y se cuajaron. Una milésima de segundo más tarde su cuerpo fue sacudido por un puñetazo de viento que la levantó decenas de metros. Andrei, su compañero, el Mercedes y el resto de construcciones del lugar siguieron el ejemplo de Sasha. La tierra temblaba de miedo produciendo sonidos más propios de una guerra. Cañones y artillería pesada resonaron en la vasta zona.

El cuerpo inconsciente de Sasha seguía volando mientras su piel se separaba de los huesos, y éstos a su vez se agujereaban y se partían. La piel ya había dado paso a la carne viva. Sus músculos repletos de manchas negras recordaban a los de un pollo calentado al horno. Su cuerpo se abrió y se separó en varios puntos. La cabeza seguía unida a su cuerpo únicamente por la espina dorsal, los muñones que sustituían a sus manos saludaban al cielo. El trozo de carne antes con vida se secó de tal forma que el propio aire viciado lo hizo desintegrarse. Un polvillo gris empezó a desprenderse desde sus restos hasta que desaparecieron totalmente sin dejar rastro alguno.

El cielo era amarillento. Y una antinatural neblina gris cubrió parte del paisaje. Niebla formada por polvo, tierra, restos de hojas y una multitud infinita de partículas. Vello, sangre y carne que hacía escasos segundos se entrelazaban entre ellas y latían de vida formando parte del ser más perfecto que había pisado la tierra se enmascaraban de forma involuntaria con otros restos orgánicos.

Capítulo 1: Memorias del pasado

Anna se recordaba frente al gran espejo que se alzaba desde el suelo hasta casi el techo, siempre supo que el traje de boda azul claro no era el más apropiado para el acto, pero siempre se había considerado una chica un poco rara. Su madre solía decirle que no debía presentarse de aquella forma ante los invitados, incluso solía decírselo después de la ceremonia, semanas y meses después. Hacía tiempo que la razón había dejado de lado a su amada madre, la edad no perdonaba.

El espejo estaba roto por la parte superior derecha, cuando Anna se situaba justo en frente de la rotura, su cara cambiaba notoriamente, era como si en ese preciso instante pudiera examinar su yo real, su verdadero interior. Roto, maleable y ante todo, deforme y desgarrado.

El tema principal de Casablanca empezó a sonar en su pequeño móvil rosa de diseño. La melancólica música la apartó de sus pensamientos más íntimos y la mandó de vuelta a la cruda realidad. Anna se negaba a dejar de observarse en el imponente espejo del salón. No quería volver al mundo real, necesitaba volver al extraño mundo que esperaba al otro lado del cristal. Ladeó lentamente la cabeza hacia la izquierda y observó como el pequeño trozo de plástico rosa reptaba como una serpiente encima de la mesa de vidrio del salón. Parecía que la simple vibración de ese trasto era sonido suficiente para captar la atención de sus vecinos. La música dejó de sonar… Y volvió a empezar inmediatamente, de menor a mayor intensidad.

Miró de nuevo su figura, vestida con un fino camisón de seda ante el cristal. Parecía más demacrada que antes, observaba la viva imagen de la desolación; insana y pidiendo socorro. Alzó la mano izquierda, se deleitó con sus uñas perfectamente pintadas de rojo y con un gesto propio de un emperador romano bendiciendo la actuación de un gladiador, levantó su pulgar y lo acercó a la parte rota del cristal. Con la yema de su dedo rozó deliberadamente la esquina del espejo y poco a poco lo deslizó hacia abajo. Su dedo topó con la zona dañada, donde el cristal era más perfecto y peligroso. Poco a poco fue notando el frío placer de su carne abriéndose.

Dibujó en su cabeza la vez en que se cortó la lengua con el filo de un delicado sobre mientras intentaba lamerlo para enviar una carta. La experiencia comenzaba igual, pero a diferencia del pequeño accidente de aquella vez ahora se deleitaba observando las cristalinas gotitas de sangre que aparecían mágicamente entre los pliegues circulares de sus huellas.

Del dolor al placer solamente existe un paso.

Pues bien, debía ser el paso de un pequeño e infantil liliputiense, pensó Anna. La sensación era parecida a cuando uno posa sus manos bajo un grifo de agua helada, comienza siendo un doloroso encuentro con el mundo de los muertos, frío e insensible, para dar paso al calor más intenso. Le dolió durante una pequeña fracción de segundo, pero al instante, una vez la carne se abría para recibir la visita del frío cristal, notaba cada vez más una fascinante sensación de placer.

Por segunda vez, el móvil dejó de sonar y de vibrar. Anna despertó de su ausencia frente al espejo. Apartó su mano del cristal y miró su pulgar. La sangre ladeaba la piel de su dedo mientras caían pequeñas gotas en la alfombra persa de su salón. Se sorprendió a sí misma mientras sonreía sin abrir la boca comparando el color de su sangre perlada con el color de sus uñas. Recordó que nada hecho por los hombres que podía —¿debía?— comparar a lo natural. Rojo sin personalidad, inalterable y simple, frente al rojo de la vida, ondulante y… Sabroso.

Se acercó al teléfono móvil mientras se apretaba el dedo contra sus dientes a fin de no derramar más sangre. Recorrió el extenso salón y recogió al pequeño bastardo, tan moderno que parecía cualquier cosa menos un teléfono. Había llamado su hermano. Su malestar desapareció por unos instantes, pues creía que era su marido. Lo amaba, pero su relación con él no era… Normal. También había recibido dos mensajes. Escudriñó su teléfono hasta dar con el menú apropiado que le permitiera dar con los textos entrantes. Se sentía avergonzada de que a su edad aún tuviera que leerse los manuales de los móviles. Y de los televisores y lavavajillas, entre otros inventos tecnológicos tan propios de las últimas décadas.

Mientras el aparato cargaba lentamente todos los mensajes como un viejo ordenador de casete, se percató de que involuntariamente había utilizado también su lastimado dedo encima del teclado del móvil ya que las pocas veces que utilizaba ese trasto lo hacía con las dos manos. Las teclas del número cinco y seis estaban cubiertas de sangre, dejando a la vista entre tonos rosados y rojizos su fea huella dactilar.

Recuerda que en dos semanas vuelvo y nos tienes que preparar una cena como las que hacías antes. Si utilizaras Internet estaríamos más en contacto. PD: Contesta a mis llamadas. Saludos, J.R.

De algún modo, ése fue el primer contacto que había tenido con alguien que no fuera su marido desde hacía ya un par de meses. Aunque durante las últimas semanas había calmado su temperamento y había aplacado su tristeza, Anna odiaba cada vez más a todo el mundo, en general y sin distinciones. No aguantaba sus risas y sus falsas apariencias, la trataban como si fuera una niña y eso le ponía histérica.

Se había refugiado en la calidez de su hogar. Su cama individual, el tocador donde se maquillaba y se pintaba las uñas y el baño. Eran los únicos lugares de reposo y descanso total. Sabía que su marido intentaba mantenerla ocupada con aparatos socializadores como él decía, pero le asqueaba utilizar la televisión, así como el moderno ordenador “chic” que tenía un monitor gigantesco que rivalizaba con la adorada televisión que su marido utilizaba para ver deportes. Aborrecía la radio, siempre con sus publicidades musicales tontas, con rimas imposibles y vergonzosas. Si llamaba alguien mientras se encontraba sola en casa no contestaba. Lo único que de vez en cuando necesitaba utilizar era el móvil, pero solamente cuando su marido llamaba. Ocurría siempre una vez al día. Aparte de esa obligación impuesta por él, nada más era necesario.

Realmente Anna no se reconocía a sí misma. Ella sabía en todo momento lo que estaba haciendo así como su comportamiento huraño. Era la desidia, no se sentía con ganas ni fuerzas de hacer nada. Hacía menos de un año era una mujer normal, estaba a punto de casarse y se relacionaba con sus amigos y su familia, pero ese tipo de afectos innecesarios dejaron de atraerle hace ya mucho.

Eran las once y cinco minutos de la noche. El reloj dorado sonaba como las campanas de una pequeña iglesia, dando los tañidos correspondientes con una cadencia lenta y segura. Anna no recordaba ya cuantas tardes y noches había pasado sentada en la mecedora frente al reloj, simplemente esperando su siguiente aullido.

Las doce y cuarto. Sentía la humedad de su propia saliva en su mentón, se había quedado dormida durante un periodo indeterminado de tiempo, como casi siempre. Las farolas del exterior relucían en la líquida y pequeña mancha transparente formada por Anna que coronaba el hombro forrado de la mecedora. No tenía hambre. Habría perdido unos diez kilos en los últimos seis meses, pero no era nada alarmante, al final siempre acababa comiendo, aunque fuera un trozo de pan. En realidad no lo necesitaba, no sentía el hambre como otros, podía aguantar sin problemas un par de días sin comer ni palidecer, cuando lo hacía era siempre debido a la persistencia de su marido.

Como si unas manos invisibles la agitaran de las piernas y los brazos Anna se despertó. Pensó que se había dormido otra vez, levantó la cabeza y observó el reloj. Eran las dos de la madrugada. Su figura se sentada al otro lado del espejo. Se sentía desorientada y antes de que pudiera levantarse de su mecedora una ráfaga de malos pensamientos recorrió su mente. Revivió los momentos felices que había pasado con David; la accidentada boda, su primera cita, a su marido ataviado con las blancas prendas de enfermero y finalmente, ella frente al cristal que reflejaba su figura. Incluso recordó pasajes de su vida de los que apenas tenía constancia, un picnic con su hermano, una discusión durante su adolescencia con sus padres y finalmente volvió a aparecer la imagen de su marido, le hacía la cena con un estúpido delantal que simulaba un torso masculino perfectamente definido. De nuevo ella enfrente del espejo. Pero esta vez su tez era más pálida, las bolsas de sus ojos alcanzaban proporciones enormes, su mano… Le faltaba un dedo, el dedo pulgar. De sus labios caía un hilillo de sangre y pese a tener la boca cerrada, su mandíbula estaba desencajada. Su marido David otra vez, estaba mareada. Le proponía matrimonio de la forma en que Anna recordaba, arrodillado frente a ella al lado de una pequeña mesa redonda de restaurante, pero había algo extraño. No estaba exactamente en ese restaurante, era diferente. Se mantenían la mesa, las sillas e incluso el menú a medio acabar sobre el tapete, pero la escena se ubicaba en otro lugar. Era el lugar de trabajo de su marido. El hospital. Podía ver sus blanquecinos pasillos, el parking, recepción, urgencias… La morgue.

Vio su rostro en el espejo, sonreía, la desafiaba desde su interior. Sus ojos, demoníacos. Estaba gimoteando, mientras su marido la consolaba. La Anna del interior se movía de forma autónoma, esa chica que aguardaba en la otra parte del espejo, tenía su misma cara, miraba despreocupadamente su propio cuerpo. Anna sintió por primera vez en muchos meses auténtico terror, ese ser la miraba deliberadamente y se movía de forma graciosa, como un muñeco de trapo. La persona que Anna observaba atónita en el interior del espejo posaba su mano carente de pulgar en el marco de aquel monstruo cristalino, de dentro hacia fuera. Reía, pero sin mover sus labios, el vampírico pellejo no se agitaba, más bien eran sonidos que componían y amenizaban la banda sonora de la situación. Doppelgänger. Recordó haber estudiado algo de un dramaturgo alemán, sobre una especie de doble o algo por el estilo. ¿Se encontraba ante una copia suya?

Su marido observaba impasible la horrenda escena, su cara era propia de un estudiante de secundaria afrontando desinteresadamente la lección del profesor, ojos abiertos de par en par junto con una mirada de aburrimiento, de resignación y también de conformidad. La Anna del espejo adentró medio cuerpo en el salón, estaba desnuda pero a diferencia de su tez pálida, bastante más que la suya, su cuerpo poseía la vigorosidad de una chiquilla, la piel era tersa como la de un bebé, aunque, si miraba detenidamente, podía diferenciar minúsculas picaduras esparcidas por todo su cuerpo. Aun así, era bella. Definitivamente no era ella. Anna reconocía su cara en esa especie de replicante, pero su cuerpo era a todas luces incomparable. Mientras que ella tenía la piel morena y pese a no ser de baja estatura no pesaba más de cincuenta kilos, la Anna del espejo era más alta, por lo menos quince centímetros más y su figura era como el de una sexy actriz de Hollywood, pesaría también unos diez kilos más, o eso le parecía, pero su cuerpo estaba perfectamente formado. Las manos eran bellas y largas, finas como una lámina de cristal, sus senos eran voluminosos pero para nada inapropiados, casaban a la perfección con el resto de su imponente cuerpo. Tenía los pezones rojizos, pequeños y completamente redondos. Estaban rígidos, presos de una ascendente sensación de placer. La cadera era estrecha y sus piernas muy largas y ligeramente delgadas. Su cuerpo ya se encontraba en el espacioso salón. Se había adentrado en “su” mundo, el mundo real.

Aquella particular versión de “Alicia a través del Espejo” la miró directamente a los ojos, se arrodilló e introdujo las manos por debajo de su la largo camisón. Su mirada se encontró por  sorpresa con la de David, que parecía absorto, pensando en Dios sabe qué y sin mostrar el menor signo de atención hacia la escena. Poco a poco, sus nueve dedos fueron ascendiendo entre sus rodillas, pasaron por sus muslos y se recrearon detenidamente apretando de forma erótica y con cuidado sus piernas. Anna estaba inmóvil como si una fuerza invisible la mantuviera firme, la diferencia es que no existía tal fuerza, deseaba permanecer así, disfrutando dulcemente del placer y del tacto que le proporcionaba su otro yo. Anna notó deslizarse a través de sus piernas un líquido rojo que recorría sus muslos y a la altura de las rodillas decidía separarse de su cuerpo para caer, lanzándose al vacío, gota a gota, en la alfombra persa del salón.

Era sangre, que emanaba del dedo amputado de su otro yo. Las manos llegaron a su sexo, Anna sentía pavor y gozo a partes iguales, aunque su temor se iba diluyendo como una aspirina en un vaso de agua. El jugueteo de aquellas manos le hacía entrecerrar sus ojos mientras mentalmente ansiaba que su otro yo no parara nunca. Poco a poco Anna fue abriendo la boca, por primera vez desde la aparición de ese bello ser, notó la lengua pesada y a medida que su boca se abría para pedir más placer y fiereza apreciaba como volvía a deslizarse otro chorrillo de sangre. Quería respirar por la boca, pero algo se lo impedía. Notó un algo en su garganta, blando en su exterior pero lo suficientemente duro como para partir un diente si se intentaba morder con fuerza. Una profunda arcada recorrió el cuerpo de Anna, iba a vomitar en cualquier momento cuando de repente, desde el interior de su boca completamente abierta, rodando como un tronco, algo cayó golpeando suavemente el cuerpo de su otro yo, que seguía entretenida entre sus piernas. Era un dedo. El grito de terror de Anna fue acompañado por una lluvia de sangre que salía disparada desde su boca. Salpicó parte de la pared, también el espejo, que parecía de nuevo un espejo normal y también roció de hemoglobina a su alter ego particular. Tenía todo el cabello enmarañado, cubierto de pequeñas gotas de sangre. Observaba aterrada el mordido pulgar amputado, era su dedo y se preguntaba cómo diablos no podía haberse dado cuenta.

—Porque esto es un sueño, Anna. —Dijo dulcemente su otro yo mientras recogía el dedo del suelo y luego, como un pequeño puro, se lo volvía a poner en la boca mientras sonreía—. Deberías ir pensando en aceptar la proposición.

Anna se despertó sobresaltada, todo había sido una pequeña pesadilla. Intentó recordar su sueño, cada vez más etéreo, imposible de retener por completo. Inconscientemente sabía que se le acabarían olvidando sus formas y sus colores. El espejo, la horripilante reproducción mejorada de sí misma, el dedo… ¿qué significada todo eso? ¿Qué clase de sueño era ese? ¿A qué proposición se refería?

Anna intentaba mostrarse mentalmente otros sueños que había tenido a lo largo de su vida, no recordaba más que unos pocos, lo típicos que seguramente todas las personas han tenido a lo largo de los años. La caída indiscriminada de dientes, la muerte de un ser querido, contemplarse desnudo ante una multitud de ojos sorprendidos y toda esa sarta de sueños tarifa plana que a buen seguro muchos seres humanos han tenido a menudo. Se sintió completamente desorientada, no sabía qué sentido se le podía sacar a aquella extraña experiencia que acababa de finalizar.

Las tres de la madrugada, la oscuridad que reinaba en el ambiente sólo era combatida por los rayos antinaturales de las farolas del exterior que atravesaban los ventanales y se filtraban entre los agujeros de las persianas. Era curioso cómo unas diminutas motas de polvo parecían aumentar su volumen tras recibir la amarillenta luz exterior, Anna sabía que se trataba de un efecto óptico, pero se quedaba ensimismada ante aquella visión.

Comenzó a pasear por la habitación, nerviosa y temerosa de algo que no podía comprender. Se miró las manos, no le faltaba ningún dedo. Sólo tenía la herida sangrante de su encontronazo anterior con el cristal. Intentaba recordar hasta el más mínimo de los detalles su desagradable sueño. Se lo repetía mentalmente una vez tras otra, mientras daba vueltas a la gran mesa del comedor, como hacía las pocas veces que hablaba por el móvil cuando su atento pero quizá algo fastidioso marido la llamaba para asegurarse de que no intentaba hacer ninguna estupidez, para mantenerla controlada. Se sentía una mantenida, ni siquiera era ama de casa. Sabía que podía hacer algo para cambiar la situación, pero tampoco quería, de esta manera su marido la proveía de todo lo necesario para vivir. Las asistentas de su casa se encargaban de todo lo relacionado con la limpieza, aunque Anna pensaba despedirlas, no directamente, sino a través de su marido ya que últimamente las escuchaba cuchichear sobre ella. Eran malas, pensaba ella, eran unas zorras. Ya había despedido a otras dos asistentas por el mismo tema, también ésas hablaban sobre ella y su rareza, toda la gente hablaba sobre su situación. Creía que todo el mundo la odiaba.

Como había hecho tantas otras veces, se sumergió en sus pensamientos. Ensimismada y con la mirada perdida, tal como hacía cuando venían familiares y gente conocida a visitarla de vez en cuando. El constante reguero de visitas había ido menguando a través del tiempo, la distancia entre una visita y otra se alargaba felizmente para Anna, de diarias pasaban a ser un par por semana para acabar convirtiéndose en mensuales y finalmente desaparecer. A pesar de todo, la situación no la incomodaba, podía vivir así el resto de su vida, mantenida y sola. Sin preocuparse por el dinero ni por su integración en la sociedad, tampoco de las nuevas tecnologías. Era feliz… A su manera.

Un sonido procedente del exterior la sobresaltó. Todos sus sentidos se agudizaron para centrarse en aquella resonancia metálica que había escuchado afuera. Comprobando el reloj,  Anna observó que eran casi las tres y media de la madrugada. Era una hora poco frecuente para ir andando por la calle. Pese a vivir en una zona de casas con su propio servicio de vigilancia, su barrio no se había salvado de algunos hurtos con violencia a lo largo de los años, mucho antes de que los tres se mudaran a su actual vivienda según le había contado su marido. No tenía miedo, más bien curiosidad e impaciencia por esclarecer de dónde provenía ese tañido tan cercano a su casa. Se sorprendía reproduciendo mentalmente aquel extraño ruido. Ante la total soledad y calma de su casa sólo rota por el relajante tic-tac del reloj de comedor, pensó que se trataba de alguna placa de las que nombran las calles, que colgaba y chocaba con otro metal. O quizá alguna de las pequeñas papeleras que de forma muy arbitraria poblaban las aceras y los parques que rodeaban su casa. Pensó en sus vecinos, pero la distancia a la que se encontraban era significativa. De haber sido el vecindario, hubiera escuchado un ruido mucho más débil, como cuando en ocasiones oía sensuales gemidos femeninos que procedían de la casa de enfrente durante la noche. Gozos de diferentes hembras provenientes de oscuras ventanas vecinales. En ocasiones, su marido le comentaba divertido qué sería lo que pasaba en aquella casa y reía contándole que durante algunas noches le parecía escuchar también sexuales suspiros de distintos hombres. Sin duda era un hogar interesante, muchos secretos podrían ocultarse en esa casa donde, oficialmente, vivía un matrimonio de avanzada edad. Anna sonrió, recordó que la visión que los otros podían tener de su domicilio sería también digna de estudio, una joven que no sale de casa desde hace varios meses y un marido que emplea, infructuosamente, todo lo que tiene a su alcance para poder arrancar una conversación interesante y una convivencia normal a su mujer.

Por momentos, Anna se relajó y olvidó por completo el indisoluble sonido metálico proveniente de la calle.

—Sólo será un gato. —Dijo, sorprendiéndose de que su voz temblase.

Avergonzándose de su propio miedo y sin pensárselo dos veces abrió la puerta principal de la casa, un monstruo acorazado con dos chapas interiores de más de un centímetro de puro metal. Rodó la llave que estaba introducida en la parte interior de la puerta y la extrajo de su cerradura. La depositó en la cesta donde su esposo dejaba sus pertenencias al llegar a casa y abrió la puerta.

Una brisa fresca recorrió su delgado cuerpo, se le erizó el pelo a la altura de la nuca y con su mano derecha tuvo que sostenerse el casi transparente camisón de seda. En poco más de dos segundos se dio cuenta de la magnitud de lo que había hecho.

Llevaba demasiado tiempo sin salir de casa, como mucho se adentraba en el pequeño jardín amurallado de la parte trasera de su vivienda, nunca había ido a comprar al supermercado, ni había dado un paseo por el barrio. Ahora se encontraba a las tres y media de la mañana en la puerta principal de su casa y de una forma que, pese a su comodidad, se convertía en un arma de seducción a miradas extrañas.

Ojos que sólo había visto desde hacía meses a través de los ventanales de su casa. Estaba descalza, posiblemente había dejado sus cómodas chanclas en alguna parte del salón. Observó las luces de los semáforos y las farolas en todo su esplendor, sin filtros de cristal, así como otras residencias situadas de tal forma que nunca las podría haber visto desde las ventanas de su hogar. No había nada más digno de mención.

Se preguntaba cómo podía ser que tras meses de negativas ante las súplicas de familiares y conocidos de salir a la calle, de vivir, hubiera decidido ese preciso instante para abandonar su casa, estando sola y en mitad de la noche. Lo había hecho por aquel férreo golpeteo, un simple ruido perdido en la noche. No tenía sentido. Más bien su vida no tenía sentido. Hasta aquella noche. Quién sabe si el sueño tan real que había tenido con su doble, la ilusión más viva y terrorífica que había tenido en su vida, le hubiera despertado de su sopor, de una vida sin metas, sin objetivos ni valores. Avanzó varios pasos, se encontraba en medio del jardín delantero, pudo ver de cerca el perfecto aspecto que mostraba, parecía un césped digno de un campo de fútbol. A su derecha vio el gran portón del garaje, donde en su interior estaba aparcado su coche desde hacía demasiado. De vez en cuando acudía desde la puerta interior que daba a su casa y se sentaba en el vehículo, era un acto nada excepcional para ella, simplemente se sentaba en el lugar del copiloto a pasar el rato. Decidió abrir el garaje con el mando a distancia que cogió del llavero. Pudo ver su coche negro, ofrecía un aspecto perfecto y estaba recién pintado, pero no recordaba en qué momento había recibido la mano de color. Sorprendentemente, Anna escuchaba con demasiada claridad aquel inquebrantable sonido, se encontraba detrás de ella, a escasos metros. Se quedó inmóvil, trataba de pensar con claridad pero se había quedado petrificada. Otra vez aquel sonido… Y otra. La interminable repetición se producía en el jardín delantero, de eso estaba segura. Ahora sólo faltaba girarse y observar de cara aquel espanto. Por primera vez en toda la noche, se encontraba realmente nerviosa. No era esa mezcla de curiosidad e indiferencia que la había dominado al abrir la puerta principal, se acercaba más a los sentimientos experimentados en los momentos lúcidos posteriores al extraño sueño. No podía esperar más, debía girarse, pero una parte de ella no quería, se quería alejar de su casa, de su cueva y recorrer la calle. Prefería tener heridas en sus descalzos y delicados pies tras deambular todo lo que su cuerpo aguantara antes que dar media vuelta.

Una parte de su cerebro sabía lo que encontraría, no había reparado en ello en el momento de abrir la puerta principal, pero realmente, sin duda, sabía lo que se iba a encontrar. Todo este tiempo había luchado por alejarse de ese sentimiento, meses de reclusión voluntaria, había convertido a toda su familia en seres incompletos, no podían disfrutar de su felicidad mientras ella no fuera feliz. Pero la realidad era que no quería serlo, se merecía no serlo.

Después de tantos meses debía enfrentarse finalmente a sus problemas, girando la cabeza, enfrentándose al motivo de su reclusión.

De pronto escuchó acercarse un automóvil, el motor y las luces eran inconfundibles. Era su esposo, que venía de trabajar en el hospital. El coche frenó bruscamente frente a ella, derrapando y rápidamente, sin apagar el ruidoso motor ni las luces la puerta se abrió. La desgarbada figura de su marido apareció ante ella, su cara estaba descompuesta. Horrorizado, recorrió los escasos metros que los separaban en un instante y la cogió de las manos.

—¿Se puede saber qué haces aquí fuera? —Su pregunta denotaba más excitación que temor, el hecho de verla fuera de su confinamiento le alegraba—. Hace… Hace frío, deberías entrar… No, esto, ¿quieres que… que demos un paseo?

Anna pensaba aún en el sonido metálico, ya sabía de qué se trataba, pero el terror que sentía por comprobarlo se desvaneció al contemplar por primera vez en meses el rostro de su marido bajo la natural luz de la luna.

Tenía el pelo muy corto, al estilo militar, sus numerosas canas eran visibles a poca distancia, pero él siempre decía jocosamente que gracias a eso no había perdido un pelo en su vida,  que fortalecía su cabellera.

Por un instante prestó atención a la barba que se le asomaba por el mentón, la típica tras una larga guardia en el trabajo. Sus pequeños pero inteligentes ojos se encontraban parapetados tras unas gafas de concha negras, ¿Eran nuevas? Anna las recordaba azules. Daba lo mismo, a ella también le alegraba ver a su marido tras una maratoniana estancia de quince horas en el hospital. Medía unos diez centímetros más que ella, era alto, puesto que ella era una mujer de un metro setenta y tres centímetros. Y era también muy delgado,  Anna siempre pensaba que esa fue una de las razones de su unión, uno era la personificación en el sexo contrario de su pareja.

—Anna… —Se había detenido en el enrojecido dedo pulgar de su mujer—. ¿Te has cortado?

—Sí, no es nada —comentó ahora ella observando una tirita infinita que le colgaba de la parte izquierda del cuello, pero que no era suficiente en su intento de taponar la herida, que sobresalía por los costados—. ¿Por qué llevas una tirita en el cuello?

—Entonces nos hemos cortado los dos ¿eh? —Dijo sonriente. Déjalo, son cosas del trabajo —se quitó la tirita mostrando la herida, que ya no era tal, ya que no salía sangre, era más bien un rasguño fino y largo—. Ha sido un chalado, creo que no era de por aquí, no hablaba bien nuestro idioma y se le notaba el acento. Ha entrado en urgencias a pleno grito hablando de abducciones y vete a saber qué diablos más.

—¿Y cómo te ha hecho la herida? —Dijo Anna mientras oía de nuevo el chirrido a su espalda, algo que también llamó la atención de su marido pero que no le dio más importancia.

—Mientras se revolvía en la camilla, con el hueso partido de su clavícula que le sobresalía del hombro, ¡me lo ha hecho con su jodido hueso! —Dijo a medio reír, más feliz que nunca al ver a su esposa en la calle tras tantos meses—. Ha sido un cuarto de hora antes de acabar mi guardia, así que se lo he dejado al interino que acababa de entrar.

—David… —Se le abalanzó besándole en los labios— quiero salir de aquí, no quiero estar más en casa, por lo menos durante un tiempo, quiero ver cosas, irme cuando y como sea.

No te pido que lo dejemos todo, pero lo necesito. Las carcajadas de David retumbaron en todo el vecindario, parecía el hombre más feliz del mundo en ese preciso instante.

—Claro que sí querida —dijo mientras empezaba a llorar—. Creí que nunca lo superarías.

—Nunca lo superaré del todo David, pero cuando volvamos quiero que… —Anna dio un giro y señaló a su espalda, observó el pequeño columpio, oxidado y de color ocre que se mecía levemente con el viento, hacia delante y hacia atrás, produciendo el sonido metálico que le había hecho salir de casa.

—Quieres que me deshaga del columpio de nuestro hijo —dijo David— ¿crees que es necesario? Puede que lo hayas superado totalmente.

—David, te amo desde el fondo de mi corazón, pero entendería que me odiaras…

—¡Cállate! —Lamentó David, limpiándose las lágrimas con la mano— Yo siempre te querré, hicieras lo que hicieras, al igual que de otro modo tú me amarías si hubiera sido yo el que…

—Pero no fuiste tú. Fui yo —dijo Anna fríamente. Fui yo quien mató a nuestro hijo