Marea Muerta 2

Una fuerza indescriptible azota la civilización desde el cielo. Los pocos supervivientes buscan sentido a ese mundo apocalíptico en el que ni hombres ni animales están a salvo.
Martina, tras escapar con vida del infierno que supuso el crucero Iberic III, vive una vida sin sobresaltos en las costas africanas, con el enorme transatlántico varado como foto de postal. Junto a sus nuevos compañeros, la rusa volverá a poner en riesgo a toda la Humanidad en busca de respuestas, pues no acepta un mundo en el que los vivos mueren y los muertos viven.

Capítulo 1: Jeanne y John Doe

John apuraba su último cigarrillo con aprensión, no sabía el motivo por el que había dejado entrar a esa chica al búnker. Una mirada a su alrededor denotaba el más absoluto de los desastres en poco más de diez metros cuadrados. Debía haber entrado sólo, pero aquella joven, Jeanne, había aparecido en el momento oportuno, en el lugar adecuado.

El ambiente era cargado y probablemente insalubre, pero era lo normal tras más de dos semanas encerrados en aquel cubículo. John estaba sentado en su colchón enmohecido mientras observaba cada uno de los detalles de la habitación revestida de paredes de hormigón. Un par de estanterías con latas de comida vacías y ropa, mucha ropa. El calor era, en ocasiones asfixiante y no vestían más que con la ropa interior. Era una estampa extraña, un hombre treintañero en calzones y con una Beretta de nueve milímetros sobre las rodillas. Se negaba a desprenderse de ella. Por otra parte estaba Jeanne, una chica joven, estudiante de instituto que había aparecido por casualidad en casa del señor John Doe. Ella vivía a varias calles de allí, pero el azar hizo que se presentase en casa de unos amigos de sus padres en el momento del estallido.

Boise City era un pequeño pueblo situado en el condado de Cimarrón, el que más se adentraba en el calor sofocante del interior de los Estados Unidos. Unos pocos miles de habitantes para aquella población rural típica del país de las barras y estrellas. Las noticias alertaron al paranoico John, que supo al instante que la Tercera Guerra Mundial había comenzado. Lo que no sabía era discernir si habían sido los rivales históricos de su patria, Rusia, o puede que los amarillos. John advirtió tormentas de luz anaranjada en ocasiones, otras veces más azuladas al tiempo que veía por televisión el estallido en directo del puente de Brooklin por una bomba, no cabía duda. Tardó poco menos de tres minutos en recoger algo de ropa, comida y un par de armas para dirigirse hacia su búnker particular, diseñado para combatir a los comunistas en caso de atentado, siempre agradeció a su abuelo por ello.

Cuando disponía a encerrarse en el búnker, bajo los tablones del suelo de la cocina, un sonido atronador lo sumió en una sordera que duró horas. Fue tal la explosión que cristales y objetos de cristal saltaron por los aires.

“Amarillo debe estar sufriendo un ataque —pensó, todavía conmocionado”.

La población de Amarillo era la más importante en kilómetros a la redonda, situada en el estado de Texas, creyó que era un objetivo más que lógico para terroristas, pero no entendía cómo habían escogido esa ciudad y no otra más grande. Más le daba, pese al pitido infernal de sus oídos se tranquilizaba pensando que nadie perdería el tiempo destrozando su pueblo, y menos su casa, a las afueras de Boise City.

En menos de un segundo lo sintió todo. El tormento que rompió cristales y encendió también la alarma de su furgoneta fue sólo el preludio a una agitación portentosa que se llevó por el camino árboles y volcó algunos coches. Él mismo se trastabilló y tuvo que sujetarse en la mesa para no caer. El regalo, o la maldición de sus futuros días, se presentó de una forma espectacular.

Una chica joven atravesó la puerta principal de su casa y cayó, visiblemente mareada, en el salón. John la vio, asustada y gritando ayuda. Su instinto de supervivencia lo lanzó hacia el búnker, y así lo hizo, pero la joven Jeanne lo vio y lo siguió adentro. Cuando John se internaba en la oscuridad del habitáculo ella fue detrás sin decir palabra. Y así se convirtieron en compañeros.

La convivencia de los dos no era ejemplar ejemplar, conversaban poco y discutían cada vez que hablaban. Jeanne no acababa de estar cómoda con él, algo lógico, pues cuando dormía John la observaba, escuchando sus suspiros, admirando sus ojos cerrados. En ocasiones también se entretenía palpando sus muslos con delicadeza, con una sonrisa sádica, llevando la mano a su entrepierna.

—Se nos acaba la comida —John no podía olvidar que podría haber aguantado muchos días más sin esa inquilina desquiciada—. Si racionamos tendremos para una semana.

—Lo sé —la joven no añadió nada más.

—Va a llegar el momento de salir de aquí y ver qué es lo que pasa. Las explosiones ya no suenan, por lo que estamos a salvo de posibles bombardeos de parte del enemigo. Además, nunca me has agradecido que te proteja aquí…

La frase quedó en el aire, pendiente de réplica, mientras Jeanne pensaba qué decir. Sin duda, aquel hombre la había ayudado, había compartido su comida con ella. Pero había en John algo que no acababa de encajar en la joven, pues estaba convencida de que era una carga para él. Por momentos se sentía agraciada de estar allí, pero había otros, generalmente durante la noche, cuando se hacía la dormida mientras él se masturbaba en silencio a su espalda, segura de que la miraba con los ojos como platos mientras se tocaba, que quería explotar. Esas eran las ocasiones en las que quería salir corriendo de allí, fuera cual fuera su destino. Sabía que era la invitada en aquella casa y por ello aguantaba las continuas insinuaciones de John, mientras no pasasen de ahí no habría problema.

—¿Crees que ha podido pasar algo más ahí fuera? Desde que estamos encerrados, digo.

John Doe se rasgaba la parte interior del muslo con fiereza, explotando un grano ya enrojecido del que sobresalían pústulas de pus. Jeanne lo miraba sin contestar. También ella vestía en ropa interior, el calor era sofocante, sí, pero ello no ayudaba a calmar las fantasías de su compañero. Por lo menos, aquella joven que no llegaba a los veinte seguía viva, pensaba constantemente. “Tengo suerte de estar viva”. Su visión de las afueras era extraña, pues por un lado pensaba en el comienzo del fin del mundo, pero nunca dejaba de cavilar sobre el hecho de que estuvieran haciendo el estúpido allí metidos, entre cuatro paredes y un agujero de varios metros para las necesidades más básicas. ¿Y si no hubiera pasado nada fuera del búnker?

Su pelo azabache estaba recogido en una coleta, así podía sentir en la nuca diminutas brisas de aire que se colaban entre las juntas de la puerta superior. Era extraño, pues en teoría se encontraba dentro de la cocina del señor Doe.

Y entonces le dijo lo que pensaba. Que estaban haciendo el ridículo, que hacía tiempo que no escuchaban nada más que brisas, que por la noche tenía pesadillas y necesitaba salir de allí. Jeanne le comentó que la tesis de Doe no tenía sentido, pues de haber sido atacados por bombas nucleares la radiación ya habría destrozado sus organismos. Estaríamos muertos, John, decía. Veamos que hay afuera, le imploraba.

El rostro de John reflejaba humillación. No aguantaba sermones de nadie y más de una joven que podría ser su hija. Volvió a recordar cómo se excitaba cada noche, tocándose y mirando y rozando, sin atreverse a ir más allá. “Vas a recibir tu merecido…”.

Al instante, justo para apaciguar la ira homicida que se reflejaba en él, unos pasos como nunca habían oído sonaron en la parte superior del búnker. Se acercó a Jeanne y le tapó la cara con demasiada fuerza, tanta que ella soltó un gemido, pensando lo peor.

—¿Oyes eso? —susurró lo más bajo que pudo—. ¿Has oído? —Jeanne asintió con la cabeza, agradeciendo aquella interrupción, pues nunca había puesto a prueba la paciencia de un tipo como él hasta aquel momento.

Los pasos se escucharon más cercanos todavía, ¿era otra persona? No había duda. El sonido aumentó, estaba claro. Decenas de personas se paseaban a dos escasos metros de altura, sobre sus cabezas. Los dos, allá abajo, callados y sobrecogidos. Pequeños gorjeos extraños casi se podían tocar sobre el suelo de la cocina de aquella casa de Boise City. Esos sonidos, como lamentos propios de quienes ven la muerte cerca, se amplificaron en el momento en que unas diez voces diferentes hablaron el mismo idioma, sin vocales ni consonantes. Asustados, se miraron a los ojos y un espasmo recorrió la espalda de Jeanne, que aprovechó y apartó la mano que tapaba su boca.

—¿Qué, qué hacemos? —Farfulló entrecortadamente.

—Que se vayan, esperemos a que se vayan.

De repente, pequeños golpecitos empezaron a inundar el techo del búnker. Primero uno, luego otro al que siguió un tercero y así hasta empezar a ensordecerlos por pura repetición. Casualmente comenzaron a sonar cuando los pasos de los caminantes de arriba cesaron, un tic y luego otro, Jeanne, con una visión más que clarificadora lo supo al instante.

—¡Sangre!

Con una rápida seña, John mandó callar de nuevo a Jeanne. Algunas gotas de sangre se precipitaban entre las fisuras de la puerta del viejo búnker. Caían sobre sus hombros y el suelo, formando un minúsculo charco negruzco. Tras un momento de tensión, los pasos se alejaron, el silencio volvió a gobernar el zulo.

El reloj marcaba las seis y Jeanne lloraba en silencio, pensando todo lo que había perdido por el camino. Familia y amigos ¿desaparecidos para siempre? ¿Moriré aquí dentro? Repetía sin cesar. El futuro ya no era una compilación de fantasías, sino quimeras por descifrar, todas ellas con su supervivencia como principal argumento.

John Doe dormía plácidamente. En lo más hondo de su ser Jeanne se presentaba desnuda, despertándolo de su duermevela para practicarle una felación. Sin aspavientos, sin mediar palabra. La excitación del vecino de Boise City avivó sus más perturbadores sueños, se tocaba inconscientemente. A medida que pasaban los minutos se adentraba más y más en su lujuria mental con Jeanne, esa estudiante de último curso de instituto, en el principio de su vida sexual, caliente y con las hormonas a flor de piel le regalaba un coito para enmarcar; un dibujo para deleitar al personal, a la izquierda de Rembrandt, y a un lado de las excitaciones de Giulio Romano.

Despertó perlado de sudor, exhausto por su sueño. La vio, espatarrada de espaldas sobre un montón de viejas prendas a modo de colchón, semidesnuda y tapada por una fina capa de tela, supo que era el momento.

“¿Qué hace aquí si no es para complacerme?”.

“Ella es mía, la he cuidado siempre, estaría muerta sin mí”.

Con un rápido movimiento acarició la planta de sus pies, luego, con una cadencia casi ensayada, subió sus dos manos por la parte trasera de sus piernas y se deleitó tocando sus muslos. Apartó con cuidado sus bragas y, tras mirar asombrado unos segundos introdujo dos de sus dedos en ella, ya notaba que gran parte de su sangre le bombeaba hacia abajo.

“Hoy no te escapas, pequeña, me lo debes todo, me debes tu vida. Y no te vas a enterar de nada”.

Pero ella estaba consciente. Sesenta segundos antes, Jeanne había notado lo que le estaba haciendo aquel sucio engendro humano. Como un resorte, su cerebro puso firmes a todos y cada uno de sus nervios. Lo experimentó todo desde el principio. Soportando el asco y la agonía de saber que aquel retrasado tenía parte de su cuerpo en su interior, Jeanne tuvo la sangre fría de planear un movimiento inteligente contra un hombre de un peso que sobrepasaba al suyo en más de treinta kilos.

Fueron sesenta segundos que utilizó para acabar de separar la tapa de un abrelatas. Notó la sangre de sus propios dedos en esa operación disimulada con un fin muy concreto. Lo hizo con cuidado, sesenta segundos de preparación mientras aguantaba las arcadas y la suciedad de su alma. Finalmente, con la tapa de aluminio en su mano, giró su cuerpo con rapidez y, de izquierda a derecha, seccionó parte del cuello de John.

Cada una de las cientos de gotas de sangre voló hacia mil destinos. Y John se apartó y gritó de dolor.

Apretando la herida de su cuello, John Doe cayó de culo, chillando como un cerdo degollado, que era exactamente lo que era en ese momento. Mientras intentaba taponar la herida con mantas, Jeanne huyó. Era su oportunidad.

Recogió la escalera de mano y la apoyó contra la pared. Entre jadeos y sudores giró la manivela de la compuerta del techo y dejó que se abriera la tapa, que colgó como un péndulo. Asomó hasta la altura de los ojos y echó un vistazo a la cocina, mientras John maldecía y gritaba sin parar, insultándola de una forma que sonrojaría hasta a la mismísima puta de Babilonia.

Lo que sus ojos escrutaron electrificó su mente. No estaba preparada para ver algo así. El viento y la arena habían invadido la cocina, o lo que quedaba de ella, pues las paredes habían desaparecido y tan sólo aguantaba en pie la puerta de entrada de la casa, adornada con trozos de pared.

Una vez fuera pidió ayuda a gritos, caminando entre lo que antes había conocido como Boise City. La ciudad seguía en pie, pero muerta. Coches y furgonetas carbonizados en mitad de la calle, todo ello adornado de una gruesa capa de arena. La población estaba acostumbrada a las inclemencias del desierto, pero aquello era demasiado. Necesitaba salir fuera, acudir a la interestatal situada en la misma entrada de su pueblo y pedir ayuda. El ambiente estaba enrarecido y unas columnas de humo más allá del horizonte se podían vislumbrar, pese a que se encontraban en la oscuridad típica que precede al amanecer.

De repente, un silbido pasó cerca de su oído, rasgando y llevándose consigo una pequeña parte de su oreja. No tuvo tiempo a sentir dolor. Sus mecanismos de defensa se habían activado de forma instantánea.

—¡Ven aquí, maldita! —John Doe se asomaba por el agujero del búnker, con una cinta aislante transparente en su cuello y su nueve milímetros apuntando a Jeanne. —¡Pienso acabar contigo, zorra! —Con cada chillido, John escupía sangre y su voz sonaba cansada, pero también llena de ira.

Ejerciendo una potencia inusitada a sus cansadas piernas, Jeanne empezó a correr y a gritar socorro por la calle principal. Los disparos siguieron sonando a su alrededor, pero ninguno acabó con ella, tuvo suerte. Con las piernas agarrotadas, todavía convalecientes tras días sin apenas caminar, Jeanne llegó a la interestatal de Oklahoma. No se detuvo mucho para ver a su alrededor, pero el panorama era desolador. “Coches Garry” había desaparecido tras una densa capa de polvo. “Suplementos alimenticios McNeall” saqueado hasta los cimientos. Parecía que la ciudad había vivido apartada del mundo durante décadas, pero solamente habían pasado un par de semanas desde las primeras explosiones ¿Cómo era posible?

Pudo vislumbrar un par de pequeños tornados más allá de la carretera del condado. Algo inusual en esa época del año. Un par de edificios todavía estaban en llamas, dos faros entre kilómetros de nada. Supo al instante que toda vida estaba condenada.

Era el jodido Fin del Mundo.

John no podía correr como lo estaba haciendo la chica, que cada vez le sacaba más distancia. Caminaba con incomodidad, su cuello le enviaba recurrentes descargas eléctricas de dolor cada pocos segundos y la persecución se convertía en un imposible. Miró a su alrededor.

“Aire puro y destrucción nuclear. La Guerra Mundial ha comenzado”, se dijo a sí mismo.

A los pocos minutos se sorprendió al verla. Se acercó en silencio, paso a paso. Jeanne estaba llorando tendida en el suelo. Cuando se situó a pocos metros de ella y la vio llegó incluso a comprender lo que estaba pasando.

Sin supervivientes. Un Adán y una Eva.

Pensó si acabar con ella o quedársela para siempre. Se decía si valdría la pena atarla con cadenas en el interior del búnker. Mientras la observaba de espaldas, ella seguía llorando, sin saber adónde ir, ajena lo que tenía detrás.  Justo cuando levantaba el brazo para propinarle un culatazo en su sien escuchó lo que eran, inequívocamente, sonidos de pasos.

—No sabes la suerte que has tenido, pequeña —Jeanne se sobresaltó y se puso en pie, observó a John mirando hacia el interior del pueblo.

Desde varios puntos lejanos vieron cómo se acercaban algunos supervivientes, muchos de ellos vecinos del pueblo y otros que no conocían. Jeanne se alejó un poco y respiró tranquila al ver a más gente, figuras que se acercaban rápidamente, con paso inseguro.

La joven notó que había algo que no encajaba en aquella marabunta de personas que se le acercaba. Todos sucios hasta la extenuación, tanto que en ocasiones no se diferenciaba si eran de raza blanca o negra. Caminaban de una forma extraña. Otros, más en forma, lo hacían con las manos levantadas. La visión que confirmó su incipiente temor fue la de unos pocos cuerpos sin piernas que se arrastraban con los brazos.

Esas personas que les seguían presentaban heridas dignas de una película de asesinos en serie: boquetes en el pecho y el estómago, intestinos y cerebros al aire, repletos de arena y pus. Sin duda, aquella masa de muerte se dirigía hacia ellos. Y no era necesario conocer las intenciones.

Una mueca de terror se dibujó en sus caras cuando pudieron observar rostros sin piel, en carne viva. Otros eran dignos de las mayores pesadillas, meras calaveras ensangrentadas con lenguas colgando. Todos emitían un sonido ya característico, repetitivo. Sin hablar entre ellos, olvidando lo que había ocurrido hasta entonces, no dudaron en huir hacia el desierto para salvar sus vidas.

—¡Espera Jeanne, espera! —John empezó a huir siguiendo a la joven, pero esta ya le sacaba mucha ventaja. Pidió clemencia— ¡por favor ayúdame, por favor!

John llamó a la joven por última vez mientras vaciaba el cargador de la pistola sobre los cuerpos que le seguían.

“¡Por favor ayúdame!”.

Jeanne aminoró su paso. Vio en sus ojos llorosos súplica y perdón, vio vergüenza y horror. Los atacantes de detrás, muchísimo más rápidos que él, lo tenían ya en el punto de mira. John Doe no podía más, la herida en su cuello sangraba demasiado una corriente granate y siniestra que había convertido su cuerpo en un tapiz rojo. Jeanne lo miró una vez más, sus ojos se encontraron en un fotograma, un instante en sus vidas. John clamaba por vivir. Pero el corazón de Jeanne, oscuro como la sangre, dictó sentencia.

—Muérete.

En un soplo John comprendió lo que le iba a ocurrir. El primero de los atacantes se abalanzó sobre él y lo tiró al suelo. Tras un par forcejeos pudo apartarlo de una patada, pero cuando lo consiguió un segundo ser ocupó su lugar y de un mordisco le arrancó varios músculos, dejando su húmero al descubierto. El tercer atacante cogió el otro brazo y con una dentellada arrancó varios dedos de cuajo. Cuando empezó a chillar ya fue demasiado tarde. Una montaña de cuerpos tapó su visión y empezaron a abrir su estómago, recogiendo cada uno de sus órganos internos.

Jeanne entró en estado de shock. Su cuerpo temblaba y su cabeza era un torrente de ideas y cavilaciones infantiles. Algo en su interior la advirtió sobre el peligro que corría allí, a un par de metros de los trozos de sangre, huesos y fluidos que antes eran John Doe.

Cuando se dispuso a huir por la interestatal comprobó espantada que otro grupo de esas personas obstaculizaba su camino. En menos de diez segundos se vio rodeada, sin ningún flanco posible de escapada.

En un último acceso de lucidez miró al cielo. El sol se asomaba, impasible a lo que estaba ocurriendo allá abajo. Los escuchó a centímetros de su oído y acto seguido sintió un fuerte pinchazo en la pierna. Luego otro. Cayó al suelo y, sin dejar de observar las nubes notó cómo una fuerza increíble recorría su cuerpo. Su temperatura corporal subió varios grados en el mismo momento en que le pareció ver un extraño movimiento en el cielo, a la altura de las estrellas. Sin comprender exactamente qué era lo que había sucedido, notó que su vida se marchaba por boquetes de sus heridas, pero también percibió que una muy diferente la estaba sustituyendo. En su último esfuerzo por mantener la humanidad se acordó de las personas que quería. Y se despidió de ellas.

A pocos metros, una figura caminaba erguida entre la marabunta de asesinos sin alma. Era alta, vestida con harapos y con una barba larguísima que llegaba a su pecho y que emergía sólo en la mitad derecha de su rostro. Tenía feas quemaduras en cara y manos que apenas notaba. El hombre había presenciado los últimos momentos de vida triste y agónica de aquellos dos. Acariciaba las espaldas de esos seres, toqueteaba sus enmarañados cabellos, les susurraba al oído y les contaba confidencias. Ese hombre los amaba. Mientras los muertos disfrutaban del cadáver él les advertía: “Basta ya, dejad de comérosla y dejad que sea uno más de nosotros”.

Se arrodilló y besó a uno de los muertos que todavía comía de los restos de John Doe.

—Quiero más. Quiero a muchos más.

Capítulo 2: Vigía

La tierra ardía en aquella parte del globo. Nadie ni nada podía repeler la fogosidad del astro que de vez en cuando asomaba allá arriba. El contacto visual con el sol era, no obstante, un fenómeno poco común, pues una fina capa de humo, suciedad y alguna que otra sustancia radiactiva difuminaba la luminosidad de sus rayos. Por un camino sin asfaltar, destrozado, cinco figuras emergíamos en el horizonte, o por lo menos es así como pensaba que nos veríamos en la lejanía. La primera de ellas caminaba a paso rápido, como queriendo dejar atrás a las otras. El resto del pequeño grupo jadeaba e intentaba seguir su ritmo. No era bípeda y su único objetivo parecía ser el de olisquear cada brizna de hierba que quedaba indemne, marcarla con una pequeña meada y ladrar.

—¿Cómo diablos puedes acumular tal cantidad de líquido? —me dije.

Eran momentos de cambio, llegamos a aguantar muchas noches en nuestro improvisado fuerte. La cueva no era nada del otro mundo, pero aguantó lo suficiente al principio de la invasión, pues pasaba inadvertida, camuflada en la ladera de un pequeño montículo rocoso cerca de la costa. Como digo, esta invasión no era normal, no era como las de las películas. Había algo que impedía nuestro refugio en las construcciones humanas… tan frágiles y perecederas.

Por el contrario, la misma naturaleza nos ofrecía multitud de zonas seguras. Lugares donde parecíamos estar a salvo de muchas de las amenazas, ya fueran de forma humana, o animal. ¡Santa Patria, esos eran los peores! La falta de carne era más que evidente debido a que un gran número de animales habían sido infectados. Desde perros y gatos hasta algunas aves. Podían llegar a ser muy peligrosos, y es que muchos de ellos eran tan silenciosos e indetectables que hacían de los no muertos humanos una comparsa agradable. Los que no estaban infectados los tratábamos con respeto, pero siempre asaltaba la duda de si valía la pena comérnoslos o mantenerlos. No puedo saber la proporción con exactitud, pero durante los diez meses que han seguido al Apagón podría afirmar que hay un número menor de infectados animales respecto a los humanos, y eso es una gran noticia. Debe ser verdad lo del sexto sentido de muchos de ellos, les ha salvado la vida.

—Martina… Oye. ¿Qué le pasa?

—¡Martina! ¿No la escuchas? Debemos parar ya, hemos llegado a nuestra media diaria y creo que tenemos que descansar.

Lara me miraba con rostro pétreo. Su trenza se movía al compás del viento, uno seco y repleto de granos de arena. La que había sido con anterioridad una niña había madurado de forma anormal, demasiado rápida. Lo hacía a la fuerza, no tenía otra. Me recordaba a mí a su edad, aunque esperaba que no siguiera el mismo camino. Las miserias de estos meses no habían hecho mella en su atractivo. Era un pequeño ángel castaño, estilizada, —algo lógico tras alimentarnos casi en su totalidad por plantas y frutos— y con tez morena. A mi lado parecía incluso de origen árabe, pero es que a mi lado cualquiera lo parece, pues sigo tan pálida como siempre, estemos en territorio libio o no, un maldito Sol abrazador que no me broncea…

—¿Quieres escucharme? —La joven de catorce años intentaba imitarme con esa mirada seca, violenta, pero a la vez serena. Por supuesto, conmigo no conseguiría ningún resultado.

—Dime —dije mientras me llevaba el paquete de antiinflamatorios a la boca y dejaba caer uno hacia mis fauces. Sin duda eran mi tesoro. Mucho más importante que el Anillo Único para otros. Esa pastillita me mantenía en pie, en forma. Vi el rostro de Lara, escrutándome, y decidí guardar la cajita disimuladamente.

—Llevamos seis horas y creo que deberíamos parar, no todos podemos aguantar tu ritmo, Martina —¡Qué cara más dulce! La veía como mi creación. Desde que su padre, Rafael, muriera a los pocos meses de vivir con nosotros, se había convertido en lo más cercano a una hija que podré tener jamás, si la obviamos a ella… Su pobre padre palideció poco a poco, con dolores que le limitaban hasta el habla, se murió de dentro para afuera, sufriendo, o eso creo yo. Dejó a su hija sola y yo me encargue de ella de una manera más o menos consciente.

—Está bien. Chicos, estamos casi a mitad de camino de Bengasi. Lugar desde el que partiremos. Así que descansad, pero mañana deberemos alargar la caminata varios kilómetros. Saldremos al alba.

—¡Lenin! Vuelve aquí y deja de lamer a cada paso… ¡Lenin, joder! —Ibrahim intentaba llamar la atención del perro sin alzar mucho la voz. En los últimos meses nos habíamos acostumbrado a comunicarnos y vivir así, de manera sigilosa, sin gritar ni hacer ruido. El árabe era un buen tipo, además cocinaba de fábula y con unos ingredientes más que básicos nos podía ofrecer unas cenas de lujo. Así, se había convertido en el encargado de mantener y preparar toda la comida que teníamos, no más que algunas frutas y cereales, eso sí. Su rostro cadavérico denotaba un estado de salud frágil, pero era su piel, con un tono de color desgastado y amarillento la que daba más pistas sobre su abandonada fortaleza. Incluso Lara y Helena, caucásicas pero con meses de bronceado, tenían un color más oscuro y más vivo que Ibrahim. Además, no podía juzgar con exactitud su peso, pero a buen seguro no era el óptimo para su altura.

—Mierda, ya se me han acabado…

—¿Qué dices? —Me inquirió la pequeña, sabiendo de qué hablaba.

—Nada.

Tras divisar a menos de doscientos metros un campo de maíz con apariencia de haber sido abandonado hacía tiempo, decidimos adentrarnos en él y pasar allí la noche. Tras el olisqueo de Lenin, un chucho que nos advertía del peligro a base de sollozos, me dio la impresión que incluso él sabía que no era conveniente ladrar en ciertos momentos. Me aseguré de que nada rondara por allí. Era un buen lugar para pasar una noche, pero no más. La altura del cereal impedía desde fuera nuestra visión, la temperatura era buena y no necesitaríamos encender fuego. Bien. Incluso así me decidí y entré primero, armada con un machete de considerables dimensiones que parecía haber sido utilizado por John Rambo en alguna misión suicida, o al menos así me lo imaginaba. Con unas tiras de cuero y una tablilla me había creado un arnés para portarlo en la pierna, a lo largo de la tibia. Era cómodo y me sentía segura con él, aunque quizás su tamaño era algo excesivo.

Allí no había nada. Lenin fallaba pocas veces. Tras recompensar al perro con un achuchón y una naranja observé que algunas espigas todavía eran comestibles y útiles para días venideros. Su peso convertía al cereal en una fuente cómoda y vital de energía. Lara había estado acertada, el lugar era óptimo. Maldita niña, si la especie tenía que subsistir era por gente como Lara, y como Ibrahim y Helena, como Rafael, el difunto padre de la joven. Teníamos un buen grupo. Y también ella, aunque ya no estaba entre nosotros.

A los pocos minutos se habían encargado de montar un improvisado campamento en un claro de la plantación. Habían aprovechado perfectamente el tiempo que me tomé para dar la vuelta al perímetro y divisar muertos. Cada uno sabía su papel a la perfección y a mí, negada para la cocina y los menesteres sociales, me tocaba gustosamente salvaguardar al grupo. Helena preparaba los sacos de dormir, literalmente roñosos sacos de esparto. Yo necesitaba menos, aclarar el suelo, quitar piedras y aposentarme, nada más. Me gustaba dormir al aire libre, sintiendo el mundo bajo mi espalda, sin estúpidos accesorios. De esa forma mi mochila pesaba menos y agilizaba mi paso.

Helena había perdido varios kilos, como todos, pero todavía mantenía una figura serpenteante, con curvas, lo que le confería una silueta muy de años treinta. No era fea, aunque, a decir verdad, tampoco la excelencia de la belleza. Poco ayudaba su pelo corto, un sinsentido de trasquilones y rapados que emergían sin orden en su cráneo. Era más mayor que yo, decía que se acercaba a los cuarenta de forma irremediable, aunque en el fondo sabía que ya los había superado años atrás. Era la más baja del grupo, ya que Lara había sobrepasado holgadamente su justo metro y medio de estatura. Helena cruzaba a menudo chistes sexuales con Ibrahim sobre el tema, pues él era altísimo, cerca del metro noventa y cinco y ella apenas le llegaba al ombligo. Era obvio que compartían algo más que amistad, algo que a mí no me importaba lo más mínimo siempre y cuando sus inútiles discusiones no se convirtieran en una distracción para el resto del grupo. Estaba todo preparado, era la hora de la cena y la luna ya mandaba en el firmamento. Empezaban las conversaciones sin provecho, perfectas para amenizar la comida y para alejarnos un poco de la realidad que nos estaba tocando vivir. Lara me miró, sorbiendo de una lata de conservas oxidada.

—Dime Martina, ¿por qué no nos dejaste? Nos sigues acompañando, seguimos siendo un grupo —Primera pregunta de la velada y una bofetada en la cara en toda regla.

—¿Cómo?

—Es verdad, querías irte, pero estás con nosotros —Lara sonreía y acariciaba a Lenin.

—Vosotros me habéis acompañado, maldita sea —Incidí profusamente en la palabra “vosotros”—. Y sé de qué vas, pequeña… —Nuestras miradas se cruzaron y la joven estalló en una comedida risa, acompañada más tarde por la de Ibrahim y Helena.

Los miré seriamente mientras calculaba las probabilidades de que alguien o algo nos escuchase. Mantuve un papel de solemnidad, pero aquella amazona de metro sesenta se mordía la trenza, moviendo la mandíbula de forma forzosa, con los ojos casi en blanco y los brazos alzados, imitando claramente a un no muerto. Al instante se volvió a oír una explosión en forma de risas de la que yo tampoco pude escapar. ¡Santa Patria! Esa adolescente podía conmigo. Eso sí, sabía cómo mantener al grupo unido, y es que fue ella, y no otra persona, la que me convirtió en la madre de nuestra pequeña familia. Era de esas personas que poseían un aura muy especial.

—Está bien chicos, creo que es la hora de dormir. Me quedaré vigilando esta noche —Ibrahim sostenía unos pequeños binoculares y miraba alrededor.

—Ya lo hiciste ayer —dijo Helena.

—Lo sé, pero creo que es mejor que vosotras descanséis. —Me miraba a mí. Que estaba echada en el suelo, con las piernas flexionadas, ausente de todo, pero a la vez, como siempre, pendiente de cada acción.

—Martina ya ha tenido bastante. Nos ha estado salvando desde el momento en que apareció en la playa —Lara me defendía a capa y espada. Sin duda era su modelo, profesora de toda conducta en la vida. Me gustaba la idea de que Ibrahim y Helena, hasta el pulgoso de Lenin, me acompañasen si con ello la desinfectaban de mi presencia. Yo no podía ser buena conducta para nadie… Todos los que me han seguido, como un creyente a un líder de secta, han acabado mal. Como ella…

Discutían sobre quién se quedaría despierto esa noche. Por supuesto no era una contienda dura y arisca, pero alguna que otra chispa saltó, fruto de la tensión acumulada de los últimos meses. Yo, mientras, esperaba un desenlace que sabía desde el principio pero que, aun así, no quería desentrañar. Mi presencia en el grupo era importante para ellos, pero no quería dar la impresión de querer ordenar cada acción de nuestro pequeño equipo, por lo menos en cuestiones triviales.

Ibrahim sostenía que debía ser él el vigía. No era una buena elección, pues su salud endeble no necesitaba de esas heroicidades. Le dolía ser el único hombre del grupo y que sirviera poco o nada al margen de prepararnos las comidas y cenas. Helena, perdidamente enamorada de Ibrahim, le aconsejaba que no lo hiciera, todo ello sin dañar su orgullo, muy mellado ya tras mis últimas acciones salvadoras. Lara, por su parte se debatía entre dos mundos diferenciados. Me miraba esperando una respuesta, como también hacían los otros dos. Yo simplemente entrecerraba los ojos y me acariciaba el cuello y presionaba la coleta hacia mi sien, rascándome también el pelo. Estaba visiblemente ausente.

Por otra parte, la pequeña líder no podía mantenerse al margen y soltaba pequeñas dardos endulzados. “Es mejor que descanses hoy. Te necesitamos demasiado. Queremos tu maestría de cocinero”, decía con una grandísima sonrisa y los ojos bien abiertos. Todavía era una novata, pero sabía cómo jugar las cartas en la partida. Miraba a Ibrahim, lo observaba, y añadía casi sin respirar: “Esta noche podría ser Helena, lo suele hacer genial cuando se queda despierta”. Claro, eso si contamos como genial el no haber hecho de vigía ni una sola noche desde hacía semanas. Definitivamente la jovenzuela era mi vivo retrato, mala cosa… Su interior agrio surgía a borbotones en contadas ocasiones. Debía alejarme de ella un tiempo, o por lo menos ejercer menor influencia.

—Tranquilos, me quedaré yo —dije.

—¡Ni soñarlo! —respondió Ibrahim, con el silencio y el asentimiento de Lara.

—La pequeña Stalin tiene razón, pero yo seré menos blanda. Sabes que estás débil y enfermo. Lo sabemos todos. —Afirmé con determinación.

—Quedarte más noches no hará más que disminuir tu forma física —dijo Helena. Mientras, Lara sonreía para sus adentros, mirándome—. ¿No es así Martina?

—Sí.

—Pero… En serio, quiero quedarme, ¡saber que soy capaz! Tú ya has hecho mucho por nosotros, pero el querer protegernos siempre tiene sus riesgos, ¡acuérdate de aquél día en la cueva de la playa! —En esta ocasión el bueno de Ibrahim alzó demasiado la voz y no pude mantener esa capa de madre protectora. Mientras, Lara habló por lo bajo, indignada con su comentario. La frialdad y la fiereza más cruel de mi ser salieron de nuevo a la luz…

—Te duermes como todos ellos ¡joder! Me quedo hoy y no se hable más. Estás enfermo y te convertirás en una carga, si no lo eres ya. Si no te cuidas, morirás. Así que calla. Me quedo yo —repetí— y Lenin me acompañará.

Lara me observaba como quien ve por primera vez a un semidiós, algo que no me gustó nada. Mi mirada abofeteó su interior, pues agachó la cabeza y se recostó, como hicieron una agraciada Helena y también Ibrahim, que me miraba apesadumbrado. Su rostro expresaba un “lo siento” muy claro. Aflojé mi ira y le sonreí de una manera aparatosa, un gesto que hacía meses no realizaba de forma natural, esta vez tampoco. El maldito árabe había estado más que estúpido con ese comentario, pero tenía buen corazón. Era hora de convertirse en vigía del norte del continente africano.